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Corría
el año 40 de nuestra era; una familia media de Bilbilis, importante ciudad de
la Hispania Tarraconense situada a las orillas del río Jalón, se alegraba con
el nacimiento de un niño, Marco Valerio Marcial; en esos momentos, sus padres
desconocían, así como sus conciudadanos, que casi dos siglos más tarde ese
niño iba ¿Se puede asegurar esto con veracidad?. Es posible que sea cierto si nos referimos a los eruditos y amantes de la cultura greco-romana; pero permítaseme que lo ponga en duda si se quiere hacer esta afirmación con respecto a una inmensa mayoría de los habitantes de la península ibérica y en especial de la Comunidad Aragonesa, de la que nos ha transmitido un poco de su historia. A lo sumo, si preguntamos por Marcial, nos responderán que fue un gran torero, a quien se le dedicó el pasodoble que reza "Marcial, eres el más grande,....". Sirva este humilde artículo para darlo a conocer entre los jóvenes actuales. Os aseguro que su lectura (está traducido magistralmente por el profesor José Guillén, en la Institución Fernando El Católico) os hará ver que la forma de comportarse aquellos hispanos, tan aparentemente lejanos a nosotros, no se diferencia tanto como podéis pensar. Marcial permaneció en su ciudad natal hasta los veinte años; joven de familia pudiente, estudió en esta época la retórica, aunque sus escasas dotes para la oratoria y su amor por la poesía hicieron que no pudiera vivir de ella. En uno de sus epigramas, critica acerbamente a los maestros de escuela cuando escribe: "¿Qué tenemos que ver contigo, molesto maestro de escuela, cabeza maldecida por los jóvenes y por las niñas? Todavía no han roto el silencio de la noche los gallos y ya truena tu voz con murmullo espantoso acompañado de azotes....Da vacaciones a tus alumnos. ¿Deseas, gran voceador, que lo que ganas por gritar te lo paguemos para que calles?. No debía ser muy agradable la estancia en las escuelas, cuyo lema era la ciencia con sangre entra, pues en otra ocasión, dice: Maestro de escuela, deja descansar a esta inocente multitud...Deja en paz el cuero escítico, cortado en correas hirientes...Que descansen las tristes férulas, cetros de los pedagogos y reposen hasta el 15 de octubre: los niños en el verano, si se conservan sanos, ya aprenden suficientemente." A su llegada a Roma, escribe a su gran amigo Quintiliano, nacido también en la riojana Calagurris, "Tito me impulsa a que yo intervenga con frecuencia en los juicios y me dice a menudo "es una gran cosa". Gran cosa es, oh Tito, la que hace el labrador"(quizás se refiera a que le regale un campo que le dé de comer). En otra ocasión, critica a sus padres porque no le han enseñado el oficio de zapatero, pues ve que éstos viven más cómodamente que los que se dedican a la abogacía. A los veinte años, reinando el emperador Nerón, sale de su ciudad y se instala en Roma. No es nada extraño que esto sucediera; podemos comprobar que en la actualidad cantidad de jóvenes salen de las ciudades de provincias para instalarse en las grandes urbes nacionales o internacionales: Bilbilis se le había quedado pequeña. Allí acudió al mecenazgo de Séneca, preceptor del emperador, y Lucano, autor épico de "la Farsalia"; mas la suerte le volvió la cara, cuando ambos fueron defenestrados del poder por el tirano. Esto le obligó a convertirse en un cliente de las grandes familias romanas, pues, como ocurre en nuestro tiempo, los poetas difícilmente podían vivir de la poesía. Se queja, no obstante de lo mal que le tratan algunos de sus protectores: "Lo que te presta este amigo nuevo, quieres que también te lo preste yo, Fabiano. Quieres que vaya a saludarte todos los días a primera hora, que tu litera me lleve siempre por todos los barros, que ya cansado te siga a la hora décima o más tarde a las termas de Agripa. ...¿He merecido yo, Fabiano, con mi toga raída pero mía que aún no me consideres digno del retiro?. Se apartaba de los que no cumplían sus promesas, como nos expone en el siguiente epigrama: "¿Por qué me prometes, Gauro, doscientos mil sestercios, si no puedes darme ni diez mil? ¿Es que puedes y no quieres?. Te pregunto, ¿No es est más torpe? Vete enhorabuena, Gauro, ¡Eres un ruin!.. Sus penurias económicas fueron tan grandes que tuvo que recurrir a la adulación excesiva a los emperadores para poder mantenerse, en especial a Domiciano, a quien le dedica varios de sus libros. Dice sobre él que es un dios más importante que el propio Júpiter. Sus herederos en el poder no se comportaron de la misma manera, lo que le hace escribir:"Oh, si en Roma hubiera un mecenas!. A los 54 años, decide volver de nuevo a la ciudad del Jalón. ¿No son muchos hoy día los que, en su jubilación, desean pasar sus últimos años en el pueblo en que disfrutaron de la niñez? Todavía le quedaba en Roma un protector, Prisco Terencio, a quien dedica su libro XII de Epigramas. En él le explica que siente añoranza de su estancia en la ciudad eterna: "Estoy echando de menos aquella ingeniosidad de materias, las bibliotecas, los teatros, los lugares de reunión, en una palabra, todo aquello que dejé por comodidad!. También se queja del comportamiento envidioso de sus conciudadanos: "Se añade a esto las venenosas destelladas de mis conciudadanos, la envidia en vez de la sana crítica, y uno o dos malvados, que ya son muchos para un lugar tan pequeño." Sin embargo, la tranquilidad del campo le subyugaba: "Mientras tú, Juvenal, sudas bajo la toga que el aire agita, a mí me recibió en su seno después de muchos inviernos, mi Bilbilis, soberbia por su oro y por su hierro, y ha hecho de mí un labrador...Al levantarme me recibe un hogar alimentado por un montón de leña y la mujer de mi encargado rodeada de multitud de ollas. Así me gusta vivir, en esta vida deseo que me encuentre la muerte. A su vuelta a la ciudad, le ayudó Marcela, una matrona viuda: Tú constituyes para mí toda Roma, dice sobre ella. Resumen de su amor por Bílbilis y Marcela es este hermoso epigrama escrito en su última época: "Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida con los pámpanos, este cauce de agua fertilizante, estos prados y rosaledas que no ceden a Paestum de dos cosechas, el verdor de estas hortalizas, que no se hielan ni el mes de enero, y esta torre blanca llena de palomas de nieve como ella, tales son los obsequios de mi señora. A mi vuelta, después de siete lustros, Marcela me ha regalado estas casas y este pequeño reino. Si Nausica quisiera darme los huertos de su padre, yo podría decir a Alcinoo: prefiero los míos". Por Plinio, escritor romano que nos ha legado en sus cartas la vida romana en época de Marcial, sabemos de la muerte del epigramista bilbilitano. En una carta dirigida a su amigo Cornelio Prisco, no más tarde del año 104, le comunica el sentimiento que este hecho le produjo. Sin duda, fue uno de sus protectores y, según nos dice, quien le ayudó con su dinero a que pudiera volver a Bílbilis. Dos motivos le impulsaron a hacerlo; el primero, la gran amistad que le unía con el poeta; el segundo, la opinión que tenía del mismo: empleando sus mismas palabras, era un hombre ingenioso, agudo, mordaz, en cuanto escribía ponía mucha sal, mucha hiel y no menos candor. Vuelvo ahora al título: ¿Por qué le debemos estar agradecido a este gran poeta tras haber transcurrido cerca de dos milenios siglos de su muerte? La respuesta es doble; a los amantes del mundo romano, la ausencia de sus más de 1000 epigramas les impediría darse una idea concreta de las costumbres de esta época. No en vano los temas que trata son triviales, están sacados de la vida diaria; critica o ensalza a personajes concretos de Roma, con personalidad propia, que pueden aplicarse a los que habitan hoy día en cualquier gran urbe. Su lectura permitirá a todos ratos agradables y olvidar los avatares que la vida diaria proporciona. Los hispanos y aragoneses en especial nunca podemos olvidar que, por su obra, Calatayud y el Jalón serán recordados siempre en la posteridad, que el amor por su ciudad perdurará siempre en la literatura universal y que el respeto por la herencia cultural nos ayudará a conocernos más profundamente. |