Corría
el año 13 a. C., cuando César Augusto, el primer emperador romano,
decidió fundar una nueva ciudad en Hispania, en el territorio de los
íberos. Para ello utilizó a unos legionarios licenciados que habían
prestado el servicio en las legiones IV Macedónica, VI Victrix y la X
Gemina. Las tres habían llegado a esta región para luchar contra los
cántabros y los vascones, únicos pueblos hispanos que no estaban
dominados por el Imperio Romano. El mismo emperador se vio obligado a
venir a estas tierras y, según algunos historiadores, se recuperó
aquí de una grave enfermedad.

¿Cuáles fueron las razones que le movieron a elegir este lugar como
centro de una vasta región que comenzaba en Cinco Villas y acababa en
el Bajo Aragón?
Es
posible que contribuyese a su elección el grado de romanización de sus
habitantes. Según consta en un documento hallado en Ascoli "El
bronce de Ascoli", una turma o batallón de jinetes de la antigua
Salduva (primer nombre con el que conocemos a la actual Zaragoza)
participó en el año 90 a. C. en la guerra que Roma mantuvo con las
ciudades itálicas. Estos fueron distinguidos por el valor mostrado en
la batalla con la ciudadanía romana, lo que les hizo adoptar sus
costumbres. Sin duda, este hecho ayudó a que Salduva fuera conocida por
Augusto y se inclinase a la hora de elegir centro de esta región por
ella.
Más
importancia debió tener su situación geográfica. Caesaraugusta fue un
centro neurálgico en el noreste de la península ibérica. Desde allí
los romanos podían vigilar el norte (Pirineos y cornisa cantábrica);
eran fáciles las comunicaciones con la franja mediterránea (Ilerda,
Barcino y Tarraco) y con el oeste (Castilla- León); finalmente ayudaba
a las relaciones con el sur de la península a través de la actual
Castilla La Mancha. Las vías que por ella pasaban, coincidentes con las
actuales carreteras, dan buena cuenta de ello.
Pero
sin duda fue el agua, elemento esencial para satisfacer las necesidades
de todas las ciudades, lo que llevó a Augusto a hacerla centro de esta
región. En ella confluían tres ríos, flumen Hiberum (Ebro), Gallicum
(Gallego) y Huerva. Los dos últimos, a diferencia de lo que podemos
observar hoy día, debían tener un gran caudal, como indica el hecho de
que abastecieran de agua a una ciudad de 20.000 habitantes. En Zuera,
Augusto hizo construir un acueducto sobre el río Gállego, que
desembocaba en el hoy día llamado "Puente de Piedra". Según
las estimaciones de las cañerías que se han encontrado proporcionaba
diariamente 566 litros por persona censada. Se desconoce donde estaba el
construido sobre el río Huerva, que era más pequeño, pero debía
conducir 400 litros diarios por persona.
No
queda ninguna duda de que el río más influyente fue el Ebro.
Convirtió en regadío las tierras de los 55 municipios dependientes de
la ciudad. Permitió a la ciudad propiamente dicha tener un floreciente
comercio con el resto de Hispania e Italia.
En época romana el Ebro era navegable desde Logroño hasta su
desembocadura, Tortosa. Los barcos remontaban la corriente con la fuerza
del "cercius", el cierzo; cuando éste faltaba, eran los
esclavos los que con su fuerza se encargaban de arrastrarlos desde la
orilla.
Por
el río los hispano-romanos cambiaron en parte la estructura natural de
las ciudades; situaban el foro, lugar donde estaban los centros
religiosos, políticos y judiciales, en el centro de la nueva ciudad; en
Caesaraugusta correspondía al actual local del Museo Camón Aznar, en
la calle Espoz y Mina. Tiberio lo situó en el antiguo mercado, sito en
la actual plaza de La Seo, donde se implantaron las tiendas comerciales.
A través de él se realizó un importante comercio fluvial; en el
actual paseo de Echegaray y Caballero construyeron los Caesaraugustanos
el puerto fluvial. Se importaban productos alimenticios, como vino de
Italia y Cataluña, conservas de pescados, aceite, garum... Se trajeron
todo tipo de vajillas, cerámica, perfumes... En la época del emperador
Tiberio, cuando la ciudad se transformó y comenzó a embellecerse,
transportaron por él todos los materiales de construcción y
principalmente el mármol italiano. Los productos de exportación eran
trigo, metales y madera. Los barcos remontaban la corriente
Pero la ciudad no es solamente lo visible; existe en ella una zona sobre
lo que se ve, invisible para los que pasean por ella, pero que hace que
la vida de los ciudadanos sea agradable, las cloacas. Para los romanos
era un espacio fundamental, dado su gusto por la limpieza (recordemos
que visitaban casi diariamente las termas, tenían agua corriente en
muchas casas y eran muy amantes de los jardines y sitios abiertos), para
deshacerse de la porquería que producían. La arqueología ha sacado a
la luz las dos cloacas más importantes, la maxima cardo, de la calle
Don Jaime al puente romano, y la maxima decumana, del mercado central a
la calle Doctor Palomar, así como otras muchas que enlazaban las
menores con las dos principales. Por la maxima cardo pasaban, según
podemos leer en Benito Pérez Galdós, los jinetes con sus caballos para
huir de los franceses. Su medida era de 2,20 metros de ancho por 2,82
metros de alto.
También
el río Ebro causaba, como hoy, preocupaciones a los que gobernaban
Zaragoza. El aumento de caudal producía en muchas ocasiones riadas que
afectaban a los habitantes de las zonas por las que pasa. Sus gentes no
se amilanaron ante estas circunstancias adversas; al contrario sus
técnicos buscaron soluciones que aliviasen de alguna manera los
destrozos producidos por las mismas y las filtraciones de agua.
Protegieron
el área comercial colindante con la parte cercana al río con diques
paralelos al mismo y levantaron el suelo con tierra impermeable cuatro
metros, como se observa en el Museo del Foro.
Otro
sistema es la colocación de ánforas en horizontal o inclinadas en
lugares estratégicos para recoger el agua que se pudiera filtrar por su
terraza. Las últimas, alrededor de un millar, se han encontrado en una
casa sita en la plaza de Tenerías. Su importancia radica no solamente
en la utilización de la solución adoptada, sino también en la ayuda
que nos pueda prestar para el conocimiento de sus hábitos de
alimentación y bebida.